Metal y Merchandising – Reflexiones acerca de la bufanda de CANNIBAL CORPSE o como se desató el infierno consumista (Parte 2)

Retomamos el especial sobre Merchandising (más tarde de lo que hubiese deseado, culpa de mi vagancia…). Mis disculpas por ello.

En fin, después de un vistazo a la situación en la que se encontraba el merchandising metalero en los primeros 90, nos habíamos quedado con la mosca detrás de la oreja viendo como, a medida que los distintos estilos musicales dentro del metal iban evolucionando y encasillando, la apariencia de los seguidores de un subestilo del metal concreto se iba individualizando.

Hasta ese momento, el metalero medio en España, era un metalero. Y punto. Como mucho nos distinguíamos entre los que nos iba “la caña” (es decir, el death, black, doom) y los que no les iba la caña (los del heavy metal de gritos agudos). Pero de pintas, como habíamos expuesto, ibamos justitos: elásticos, bambas, chupa, camiseta… y el complemento más importante para el heavy noventero: el PELAZO. Sin greñas no eras un heavy completo. Es más, sin greñas, no eras ni heavy. Eras como una mierda de proyecto de heavy, te sentías un crio. Daba igual que fumaras o bebieras como un camionero ucraniano: sin greñas, no hay ni metal ni hombría.

Algunos llevábamos el pelazo de este rollo.

Ufff, que infierno dejarse pelo largo: problemas en casa (padres criados en el franquismo ya bastante susceptibles por las largas sesiones de metaleo a todo volumen y las camisetas molonas), y problemas con el pelo, que parecía que no crecía nunca. Lo peor, cuando lo tienes de un tamaño medio, que parecía una puta fregona en la cabeza. “Cuando crezca más, ya pesará y se irá para abajo”, pensábamos…

Pues bueno, a lo que íbamos: si todos estábamos tan cómodos en nuestro redil ¿que pasó?

Lo dicho, a partir de la mitad de los noventa, los subestilos dentro del metal se iban haciendo fuertes: death, brutal death, doom, el thrash iba ralentizándose y convirtiéndose en lo que se llamó groove metal, el black se ponía melódico, y así hasta el infinito… y al ir individualizándose los subestilos, las vestimentas y abalorios heavys también se iban individualizando: hasta el punto que existia ropa y complementos que permitían claramente distinguir a un seguidor de un estilo u otro.

Esto fue un primer ingrediente, pero el más importante fue el segundo ingrediente: una época de benevolencia económica occidental hizo surgir a una generación de jóvenes que, al no tener referentes culturales claros tras la muerte del grunge, abrazaron el metal como nueva moda, algo extremadamente fácil de asimilar.

La masificación, tanto de bandas como de seguidores, mercantilizó absolutamente el estilo. Así, la “angustia” existencial de miles de jóvenes occidentales, antes cultivada en largas sesiones de escucha musical en la habitación de cada uno, compartida con los amigos más cercanos y canalizada en la catarsis colectiva de un buen concierto, se convertía en un grito de expresión individual a golpe de dinerito fresco. La individualidad del sentir la música, de respirarla y vivirla, desaparece en favor del festival de color y luz del consumismo.

Los medios fueron alzando el metal como un producto, y ya a mitad de los 90, la estética de los seguidores del metal se encontraba totalmente mercantilizada: ávidos empresarios del sector se dieron cuenta que el metal y todos sus subestilos, como la mayoría de las expresiones culturales, podía (y debía) ser convertido en dinero. Camisetas, parches, gorros, pantalones cortos, camisetas de futbol, camisas de trabajo, camisetas de hockey, de baloncesto… incluso, por increíble que parezca, existian tallas más pequeñas e incluso, para chicas!! (porque sí, señores, en el metal, unos 20 años atrás, apenas había chicas… es más, siempre fue un sector cultural con una cierta carga misógina… que contrariedad ¿verdad?).

Para mí, hubo un par de momentos icónicos que destaparon la fiebre metalera consumista, y con ello, las posibilidades infinitas del merchandising: el nu-metal y el gothic metal.

Corro riesgo de que me lluevan ostias, pero allá vamos:

Primera parada en el mercadillo para pijos: el nu-metal.

La primera oleada de mercantilismo brutal vino con el nacimiento del tan mal llamado NU-METAL: Korn y Deftones aparecían como bandas pioneras de un estilo híbrido con un gran contenido rítmico y alejado de “tics” excesivamente metaleros. Esto pegó fuerte en EEUU, y en Europa nos llevamos nuestra ración. Y al pegar fuerte en EEUU, todos sabemos como son los americanos: adoradores de todo tipo de productos nímios y vacios sobre sus iconos favoritos. Pues ahí llevamos el primer tsunami de merchandising metalero que arrasó a lo bestia con la imagen que existia hasta entonces: se pone de moda ser un metalero que va en chandal.

Ahí me paro un instante, y quiero que todo el mundo se pare a pensar por un momento: el CHÁNDAL: prenda con una gran carga nostálgica, que yo sólo había visto puesta en niños como yo, o en yonkis ochenteros que se pinchaban caballo tirados en cualquier parque. Otro sector estilístico que abrazó el chandal, hasta nuestros días, es el de las señoras maduras y entradas en carnes que salen a pasear a primera hora de la mañana o después de comer.

Así, vemos como tíos con los huevos “pelúos” abrazaron otra vez tan entrañable prenda. Ni el mejor experto en marketing lo hubiese soñado.

Ilustres nu-metaleros en chandal. Obsérvese la gorra, a lo Limp Bizkit.

El nu-metal trajo también un cambio estilístico en las camisetas: ahora ya no molaba llevar camisetas negras con cadáveres siendo comidos por otros cadáveres. Ahora molaba llevar camisetas amarillas, verdes, rojas, fucsias (ah, no fucsias no, eso fue más adelante, y no en las camiseta, sino en las gorras, con la explosión del Brutal Slamming Death Wigga).

Eso supuso una alegría a nuestras madres: por fin dejábamos de ir vestidos de negro. Y por fin dejaríamos de quejarnos de que nuestras camisetas de Iron Maiden estaban descoloridas de tanto lavarlas. Un gran descanso para ellas, pobres mujeres. Lo que igual no asumieron con tanta simpatía fue que también era la época de piercings absurdos por toda la cara, tatuajes tribales y rastas indomables. Y porros, muchos porros.

Como se dice, a río revuelto, ganancia de pescadores. Pues los pescadores del marketing tenían su caña a punto: la ropa disponible se multiplicó exponencialmente: cientos de camisetas aparecían en los catálogos de venta por correo. Especial cariño le tengo a una compañía, icono del metal noventero, llamada Blue Grape. Eran putos amos, cada 2 meses teníamos unas hojas de catálogo bien surtidas con docenas modelos nuevos, hojas las cuales los auténticos seguidores de la oscuridad tenían que mirar con gafas de sol, por tanto color verde, amarillo y rojo que traían. Seguro que los recordáis: eran especialistas en colarnos prendas de Slipknot, Soulfly, Machine Head y Fear Factory, entre otros.

Los jóvenes hoy gastan en Victorio&Loschinos. Hace 15 años, gastábamos en Blue Grape.

Blue Grape hoy ya no existe. El señor Blue Grape debe estar en las Bahamas bebiendo Moët a costa de una juventud que hoy reniegan de su pasado, llevan bambas “Munich” y escuchan “Els Amics de les Arts” y “Manel”.

Lo que no me queda tan claro es que el señor Blue Grape no tenga aún los armarios llenos de camisetas de futbol de Sepultura y de monos de Slipknot.

En el primer concierto de Slipknot en Barcelona, había frikis con mono encima del escenario. Y subnormales con mono en el público, flipando con el espectáculo.

Segunda parada (y definitiva) en el mercadillo para pijos: los góticos.

Si hay algo que me dolió en sobremanera fue darme cuenta, en vivo y en directo, mientras ocurría, de la evolución de un estilo que abracé por completo desde que lo descubrí, y que, por desgracia para mí, casi acabé aborreciendo. Hablo del DOOM.

Unos años antes de la gran explosión nu-metalera made in EEUU, sin saber como ni porqué, un género tan joven, majestuoso y poco comercial como el Doom (mejor dicho, el Death-Doom, como corriente musical) suavizaba su negrura, y se abrazaba a los teclados, a las voces operísticas, y añadía señoras que enseñaban una importante pechuga en las portadas. Al joven que no había probado el sabor de la sangre que ofrecía el estilo anteriormente, le vino que ni pintado ese sonido tristón, romanticón y en muchos casos …. algo maricón. Algo con lo que cerrar los ojos, abrazar la almohada, y soñar con amores imposibles en frías noches de invierno, castillos lluviosos, princesas de piel blanca y hechizos de pena eterna, todo bajo sonidos de lluvia, viento, pianos, teclados, pianos, susurros femeninos, más teclados, más pianos y voces de ogro malo (al principio ogro al natural, como los yogures; y cuando el estilo avanzó, ogro-electro con bífidus y camisetas “apretaícas” y cantando con una distorsión que parece que estén metidos en una tostadora).

Que sí, pesao, que sí, que ahora te pongo una de Lacrimosa.

Grupos como Within Temptation, Nightwish, e incluso (ojo, que me llueven piedras) Tristania, The Sins of Thy Beloved, Theatre of Tragedy o Paradise Lost, entre otros, eran elevados por importantes campañas de marketing, y metían cizaña en publicaciones y catálogos musicales. Los jóvenes abrazaban la oscuridad romántica que habían visto en “el Cuervo”, en “Drácula”, y se sentían identificados con la imágen icónica y milimétricamente estudiada de los componentes de la “recien nacida” oleada de metal gótico.

Se me pone triste y blandurria con esa iconografía.

El metal gótico, a mi parecer, hizo mucho más daño que el nu-metal. Porque el nu-metal desapareció (bueno, no del todo, pero como moda en sentido estricto ya no quedan ni las cenizas)… Pero el maldito metal gótico (o mejor dicho, la iconografía del estilo, sus seguidores…) aún siguen ahí… ufff, es que me hierve la sangre. Es que, cojones, acabo de entrar en youtube para ver un video de The Sins of Thy Beloved (the flame of wrath) y ver si las canas y la senectud me hacen ver/oir las cosas de otra forma, y lo primero que me veo es este comentario:

“Ez Una d Mis Cancionez !!=) FAVoritaz xD!!
ME gusta la Parte cuando ANita Canta =)!!
GREAT SONG!!=P Tenebrozaaa ijijiji”

Ya me diréis si esto no es para liarse a collejas…

No hase falta disir nada más…

Para mí, fue en ese momento: en el momento en el que explotó el mal llamado metal gótico cuando todo se salió de madre, se convirtió en una moda vacía. El metal, tan venerado por muchos, algo que te hacía sentir, vibrar, disfrutar, sentir la vida de otro modo, había sido “comprado” por toda una generación (la cual calculo que ahora estará cerca de la treintena). Personalmente, tenía la sensación que eso no podría pasar con el metal, que se mantendría como el punk (podría discutir y argumentar ante cualquiera sobre la “domesticación” del punk, entendido como expresión cultural). Pero no, el metal se iba vaciando de contenido y se iba convirtiendo en una “imagen”, en un catálogo de parafernalia para vestirse de heavy-gótico con chorreras y socializar sintiéndose el más auténtico del garito heavy de turno.

Hija mía, aunque seas gótica, así vas a socializar más bien poco.

Así que, los metaleros, todos nosotros vendidos al dólar, como vulgares rameras sedientas, no nos quedó más remedio que:

a) o escudarnos en la soledad de seguir a lo nuestro, escuchando música y comprando discos, alguna camiseta, leyendo fanzines y yendo a bolos, o

b) bajarnos todo de internet, y con las pelas vestirnos de góticas churriguerescas e irnos a ligar al garito ese del Nocturna (o como coño se llamase el sitio ese que había en Bcn).

Por cierto, en uno de esos garitos ví culminar el surrealismo de toda esta moda: cuando ví a un cuarentón calvo vestido de cuero negro, y con gafas de sol puestas dentro de un garito en el que ya ibas justo para no darte una ostia contra la pared, de la poca luz que había. Toda la noche ahí apoyado, sin hablar con nadie, sin beber, sin ver nada. Todo puta pose. Escalofriante.

O cuando ví a otro viejales en otro garito, vestido de Drácula (con capa y todo), más sólo que la una, bebiendo malibú con piña y vigilando su reloj de mano cada 5 minutos, no sea que entre un rayo de sol por la ventana. En mi pueblo la gente de su edad bebe malibú con piña acompañados de graciosas señoritas sudamericanas ligeras de ropa, y el dinero de la capa y el reloj de mano se lo gastan en otra cosa. Habráse visto!

Otro tipo de garitos, donde también hay mujeres y poca luz.

Venga, que me caliento…. Y esto se está haciendo más largo de lo previsto.

Prometo acabar este especial de reflexiones sobre la bufanda de Cannibal Corpse con otra entrega, donde traeré al selecto club de lectores de este unfamous blog el merchandising más bizarro y extremo  habido y por haber en la música metal y derivados. Cosas que nadie habría imaginado que están a la venta.

Hasta pronto!!

DeadXRamones.

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